Foto: Andy Santana
La Nochebuena, celebrada cada 24 de diciembre, es una de las fechas más significativas del calendario cristiano, pues conmemora el nacimiento del niño Jesús en Belén. Aunque su raíz es religiosa, algunos historiadores sitúan su origen en antiguas celebraciones paganas del solsticio de invierno, rituales que pedían luz, protección y prosperidad ante la noche más larga del año. Con la llegada del cristianismo, estas festividades se transformaron y adquirieron un nuevo significado espiritual que ha perdurado por siglos.
México y la herencia de las posadas
En México, la Nochebuena se vive con una intensidad particular. La última posada recrea la peregrinación de María y José, entre cantos, oraciones y el eco del villancico “Entren Santos Peregrinos”. El aroma del ponche caliente, los buñuelos crujientes y la algarabía al romper la piñata evocan recuerdos de infancia y comunidad. Cada gesto, desde colocar a los peregrinos en el nacimiento hasta repartir aguinaldos o bolos, refuerza el sentido de unión y fe compartida.
La cena y el arrullo del Niño Dios
La noche avanza entre la cena familiar, los rezos finales del Adviento y, en muchos hogares, el arrullo del Niño Dios. Esta escena íntima, acompañada de cantos de cuna, conecta generaciones y mantiene viva una tradición profundamente emotiva.
La flor que pinta la Navidad
La flor de Nochebuena, originaria de México, corona estas celebraciones. Sus hojas rojas iluminan hogares y plazas, recordándonos que la Navidad mexicana es una mezcla de historia, naturaleza y nostalgia que florece cada diciembre.