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La posibilidad de una intervención de Estados Unidos en Venezuela genera posturas encontradas dentro de la diáspora venezolana en Miami. Aunque para muchos no resulta del todo incómoda una acción que busque poner fin al Gobierno de Nicolás Maduro, el giro del discurso de Donald Trump —de la lucha contra el narcotráfico al control de recursos petroleros— encendió las alertas.
El punto de quiebre llegó cuando Trump habló de recuperar “tierras”, “activos” y “derechos petroleros”. “Venezuela no es un botín”, afirmó Ade Ferro, directora del Venezuelan American Caucus, al advertir que no toda intervención equivale a democracia. Para Ferro, el dilema moral es claro: el fin del chavismo no justifica cualquier medio, sobre todo si el enfoque deja de ser democrático y se centra en el petróleo.
La preocupación también se extiende al trato de migrantes venezolanos en EE.UU. Ferro recordó que muchos de los hoy criminalizados son perseguidos políticos. Desde el inicio del segundo mandato de Trump, al menos 17 vuelos con deportados han llegado a Caracas.
Entre la comunidad hay opiniones divididas: algunos aceptarían concesiones limitadas; otros creen que “todo vale” para salir del chavismo. A ello se suma el temor a víctimas civiles ante un posible ataque militar.
Expertos, como el analista Antonio de la Cruz, descartan una intervención terrestre y aseguran que hablar de tropas implicaría una guerra que requeriría aval del Congreso. Según sostiene, lo que se plantea es una presión quirúrgica, respaldada por parte de la diáspora y la oposición.
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