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El precio de las entradas a conciertos en Estados Unidos ha experimentado un aumento notable en las últimas décadas, pasando de un promedio de 25 dólares en 1996 a más de 135 dólares en giras importantes, según un estudio de Pollstar. Este incremento se ve potenciado por empresas como Ticketmaster, que controlan tanto la venta directa como la reventa, generando precios desorbitados. La generación Z se encuentra entre los más afectados, obligados a pagar cifras que van de 400 a 800 dólares por un concierto, sin incluir gastos de vuelo, alojamiento y alimentación. En algunos portales de reventa, los boletos han llegado a superar los 2.000 dólares por entradas en primera fila.
El fenómeno conocido como FOMO —miedo a perderse algo— impulsa a los jóvenes a endeudarse para asegurar experiencias que luego compartirán en redes sociales. Como explica JP Krahel, profesor de la Universidad Loyola Maryland, “si vas a un concierto y nunca se lo cuentas a nadie, desde la perspectiva de un nativo digital no sucedió”.
Un círculo vicioso que se retroalimenta
El financiamiento mediante tarjetas de crédito convierte la compra de un boleto en un ciclo de deuda: una entrada de 400 dólares puede terminar costando hasta 800 dólares con intereses. Este patrón se combina con la necesidad de documentar experiencias, atrapando a la juventud en un ciclo constante de consumo y deuda, mientras las corporaciones financieras se benefician del FOMO y la falta de cultura de ahorro.
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