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Hoy se cumplen 235 años del descubrimiento de uno de los símbolos más poderosos del México antiguo: la Piedra del Sol, conocida popularmente como Calendario Azteca. El monolito fue hallado el 17 de diciembre de 1790, de manera fortuita, durante las obras de empedrado de la entonces Plaza Mayor de la Ciudad de México, cerca del Palacio Nacional.
La enorme escultura fue encontrada con el relieve hacia abajo, lo que llevó a los especialistas a concluir que no se encontraba en su posición original. Diversos estudios sugieren que, tras la conquista española, el monolito fue enterrado deliberadamente y cubierto con ceniza o arena para protegerlo de la destrucción. Gracias a ello, su compleja iconografía solar logró preservarse intacta.
Del abandono al reconocimiento
Durante décadas, la Piedra del Sol permaneció expuesta al aire libre, víctima del maltrato y la indiferencia. No fue sino hasta 1885, bajo el gobierno de Porfirio Díaz, cuando se decidió trasladarla al Museo Nacional, en la actual calle de Moneda. Su llegada marcó un parteaguas: el monolito se convirtió en el eje de la Galería de los Monolitos y en el corazón del incipiente proyecto arqueológico nacional.
Significado y función ceremonial
Desde su descubrimiento, la Piedra del Sol ha generado intensos debates sobre su función. Investigadores como León y Gama, Chavero y Hermann Beyer discutieron si estuvo colocada de forma vertical u horizontal. La hipótesis más aceptada indica que funcionó como una plataforma ceremonial vinculada al sacrificio ritual, cumpliendo al mismo tiempo el papel de temalácatl y cuauhxicalli.
A 235 años de su hallazgo, la Piedra del Sol sigue siendo una ventana viva al pensamiento, la cosmovisión y la grandeza cultural del México prehispánico.
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