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Tras la operación militar de Washington que derivó en la detención del ahora expresidente venezolano Nicolás Maduro, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reiterado su interés en que grandes petroleras estadounidenses regresen a Venezuela. Sin embargo, lejos del optimismo político, la industria energética observa el escenario con cautela.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, con unos 303.000 millones de barriles, concentrados principalmente en la Faja del Orinoco, donde predomina el crudo extrapesado. Su explotación requiere tecnología avanzada y fuertes inversiones. De acuerdo con la firma Rystad Energy, recuperar los niveles de producción cercanos a los de los años noventa implicaría inyecciones de capital de entre 8.000 y 9.000 millones de dólares anuales durante al menos 14 años.
Actualmente, el país produce cerca de un millón de barriles diarios, muy por debajo de los 3,5 millones que alcanzó décadas atrás. Chevron es la única petrolera estadounidense con operaciones vigentes y aporta alrededor del 27 % de la producción nacional, aunque Venezuela sigue representando menos del 1 % del suministro global.
Expertos coinciden en que, a corto plazo, un aumento de producción tendría un impacto mínimo en los precios internacionales, en un contexto de petróleo barato. La incertidumbre política, el historial de nacionalizaciones y el bajo precio del barril mantienen a compañías como ExxonMobil y ConocoPhillips al margen, mientras el debate genera inquietud entre productores estadounidenses.
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