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El día de muertos adorna los altares y tumbas de los seres queridos que ya no están con el papel picado de colores y flores de cempasúchil que los guían al mundo terrenal. Junto a estas flores se encuentran las flores de terciopelo, que con su característico color vino, hacen una armonía visual.
Originarias de África y de Asia, la flor de terciopelo o cresta de gallo es una flor representativa de la celebración de Día de los Muertos por su importancia en la confección de ofrendas y la decoración de tumbas y altares, y su profundo significado con esta celebración mexicana.
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Con el paso de los años esta flor fue incluida en el Día de Muertos por su aterciopelado color rojo, que es asociado con la sangre y el fuego, que se cree tiene el poder para atraer a los difuntos y protegerlos de los espíritus «malos»; su color también se asocia con la vida y renovación, representando la esperanza del renacimiento en el más allá.
Junto con el cempasúchil, la flor de terciopelo contribuye a crear ambientes llenos de color para recibir simbólicamente a quienes regresan, según la tradición, a visitar a sus familiares durante estas fechas.
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La presencia de la flor de terciopelo en los altares refleja cómo los elementos naturales enriquecen las expresiones culturales del Día de Muertos. Sus tonalidades intensas acompañan al cempasúchil y a otros adornos tradicionales para crear espacios dedicados a la memoria y al homenaje de quienes ya no están.
Así, más allá de su belleza, la flor de terciopelo se integra a una celebración en la que los colores, los aromas y las ofrendas mantienen vivo el vínculo simbólico entre los vivos y sus difuntos.